Phelas

“La voluptuosa mujer comenzó a susurrarle una serie de promesas lascivas, a las que Phelas, correspondió palpando sus nalgas bajo la tela: con firmeza, de forma acompasada, buscando progresivamente el interior de sus muslos.” F.Tamaral

***

¿Qué quiere de él? Cada encuentro que Taddea ha tenido con varones en estos dos años había sido anteriormente coreografiado, mentalmente planeado tras horas de lecturas, estudios y conversaciones con algunas nobles en la seguridad de sus alcobas privadas. Cuando piensa en él se le olvidan las frases de cortesía, se le turba el pensamiento entero y el vientre se contrae de repente presionando la zona interior de sus genitales.

Pero esto es un asalto, un motín a lo aprendido, un arrebato de ganas que no puede, ni desea, bajo ningún concepto, reprimir.

La estancia, sumida en la oscuridad, no presenta ningún obstáculo entre la puerta y el lecho. Tras unos segundos tanteando el aire, denso y cálido, orientándose en el silencio, empieza a ver negras sombras recortadas sobre un fondo menos sombrío.

Aprecia ahora el perfil del gran dosel que cubre la cama en el centro de la sala. En la yema de los dedos puede notarse la agradable sensación del terciopelo que, a modo de telón, esconde la luz de lo que espera dentro. Aparta suavemente una de las grandes telas, pesada pero delicada. Él está dormido. Su respiración pausada y cadenciosa acelera el pulso de Taddea, que contrariada por esta sensación insólita, tiene que agarrarse fuertemente a la tela. Para no caerse y que su cuerpo no se estampe contra el suelo, porque ella (sus tripas, su corazón, su razón entera) ya ha caído.

Juego nº4. Lugares y situaciones cruzados.

Lugar:

  • Pequeña y céntrica tienda de antigüedades en una capital de provincia española.
  • Salón-Cabaret regentado por mafioso negro.

Situación:

  • Un reducido grupo de desconocidos son citados por un anónimo.
  • Guerra civil en la que ambos líderes son hermanos gemelos de filosofías contrapuestas.

**

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Sin la indecente oportunidad de desandar el camino, en esta derrotada sala en mitad de mis más profundos horrores, rodeado de los escombros del pasado. Antes de todo. Cuando conocimos el orden y eramos iguales. Las batallas de madera y las rodillas desholladas.

De la mano eramos más que hermanos, deslumbrantes entre las reliquias expuestas, triunfantes sin comenzar la contienda. Los más preciados tesoros en el secreto a voces de una patria podrida, armas perfectas de destrucción masiva, maleables como el barro.

Al fondo, negras siluetas que son menos verdad en penumbra. Enmarcando la realidad del mundo en satén barato y manos animales. Para no sentir que hubo motivos o deberes, todo estaba envuelto en el sudor frío de quien se sabe destinado a la horca dentada.

La piel seca, acartonada y el poco pelo gris. Siempre cinco centímetros por encima de ti, cinco minutos antes que tú en el mundo, y ese día cinco pasos a tu espalda. Sólo son imágenes borrosas ya, sólo hay una tan nítida como insorteable: tu reflejo en el espejo frente a mí.

Pocos quedamos ya que habitemos esta tierra. Nunca supimos quien nos colocó entre sus fronteras. Resolvimos con la muerte, sangramos las gotas dulces que quedaban y hundimos cada posibilidad de redención. Ni aun los años consiguen redimirnos de la pena.

Intención III

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(Del lat. intentĭo, -ōnis).

  1. f. Determinación de la voluntad en orden a un fin.
  2. f. Designio de aplicar una oración, una misa u otro acto del culto en favor de una persona determinada o de la consecución de un bien espiritual o temporal.
  3. f. Instinto dañino que descubren algunos animales, a diferencia de lo que se observa generalmente en los de su especie. Caballo, toro de intención.
  4. f. Cautelosa advertencia con que alguien habla o procede.

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Mujer, vendaval de intención.

Intención II

(Del lat. intentĭo, -ōnis).

  1. f. Determinación de la voluntad en orden a un fin.
  2. f. Designio de aplicar una oración, una misa u otro acto del culto en favor de una persona determinada o de la consecución de un bien espiritual o temporal.
  3. f. Instinto dañino que descubren algunos animales, a diferencia de lo que se observa generalmente en los de su especie. Caballo, toro de intención.
  4. f. Cautelosa advertencia con que alguien habla o procede.

No era mi intención. Cuando afuera la tormenta arreciaba y las calles inundadas de fangos y animales muertos reflejaban los áticos en el asfalto y yo quería vivir en el subsuelo de todo, y quizá parecía triste (tal vez ausente).

Por dentro me hervían los huesos, bullían las arterias disueltas en necedades, borboteaban las ideas en mi garganta sin ánimo de alzarse y eclosionar en mis labios.

No era mi intención. Cuando al llamarme por mi nombre, mis ojos no respondieran, yo no fuera quien tu voz reclamaba porque hacía segundos que vagaba, abandonada de todo sonido y entidad, ajena a cualquier estímulo intrascendente.

Por soñar las vanidades aprendidas, empujando fuerte los silencios contra los alaridos, recorría los caminos de la locura con tanta vehemencia que el rastro de sus pisadas dejaba ver el magma de la tierra.

No es mi intención sangrar por la herida. No quisiera soltar los estribos más de lo necesario, ni liberar los sentidos sin respuesta. ¿Para qué ver sin amaneceres tatuados en la pupila? ¿Para qué atardecer sin el sonido del viento entre las sienes?

Intención

(Del lat. intentĭo, -ōnis).

  1. f. Determinación de la voluntad en orden a un fin.
  2. f. Designio de aplicar una oración, una misa u otro acto del culto en favor de una persona determinada o de la consecución de un bien espiritual o temporal.
  3. f. Instinto dañino que descubren algunos animales, a diferencia de lo que se observa generalmente en los de su especie. Caballo, toro de intención.
  4. f. Cautelosa advertencia con que alguien habla o procede.

mujerLeo esta intermitencia de letras mientras las escribo. Es un ritual conocido, tantas veces recreado, que me divierte desgranar las palabras en letras independientes. w w w m a r i a v i s i o n punto c o m. Y entro en la sala de oración, un rosario virtual. ¿Quieres seleccionar oración personal o en comunidad? Hoy es personal. Sólo tengo que escribir mi intención. OLVIDAR. Enter. El audio en mis auriculares suena atronador. Misterios gozosos para empezar a sentirme incómoda en la piel de los recuerdos.

La bendición viene primero y mentalmente trazo sobre mi frente la señal de la santa cruz. Estos de la oficina no entenderían un signo tal sino como una broma idiota. Para librarme de mí misma y mis pensamientos impuros. Amén.

Merezco el infierno en el que deambulo. Me arrepiento de desearlo, de saborearlo, de pensar en rendirme. Me arrepiento de no tener las riendas de mis efluvios, de alejarme cada vez más del camino iluminado y quiero ganarme la posibilidad de ser diferente. De abandonar el amor que conozco para ser capaz de no sentir nada. Este no es el verdadero amor, es sólo la carne que me tienta.

Primer Misterio. La anunciación del Señor. Yo seré la madre sin sexo. Con un único varón por hijo. Hervida mil veces, totalmente aséptica. Rebosaré mi bondad por los pezones para alimentar la fuerza y el poder. Con el padre sobre mis labios, qué ironía. El santo padre mío, que nunca está conmigo, porque está en los cielos. Capaz de poseerme en nombre y ofrecerme infinitas promesas de circo y de pan.

Si fuera posible estar ausente del pecado. Recibir la dicha sin el placer, purificar los besos a dentadas, la presión sobre los senos, las embestidas y el sudor. Sólo la madre puede renacer libre de sus cenizas. Fénix madre que arrasa con llamas sus huevos. Y de nuevo, ave maría… Sálvame de mis misterios y mis trampas. Enséñame a ser y elimina a la mujer que hay en mí. Ave tú, una vez más, sobrevolando los escombros de estas ciudades que fueron apedreadas, de los cuerpos masacrados, de las distancias desoladas. Bienvenida al suspiro y al fin de la carne. Puro dolor de hembras, vacías o intactas, heridas, atravesadas, inundadas, vendidas o regaladas, escondidas en la penumbra, vomitadas, parturientas y recién nacidas. Espejo y reflejo. Gloria al alfa y omega de tu silueta, donde empieza el rostro, quizá en la comisura de tus ojos de almendra y termina en la planta de los pies, raíces enterradas en el silencio de la tierra.

Segundo Misterio. Misterio de la visitación. Y desearé lo que tú puedes ofrecerme, pues en tu vientre sentiré el mío encarnado. Y con tus desgarros, también se retorcerá mi espíritu. Si tú no amas, no amaremos nunca. Echaremos sal sobre los brotes verdes y escarbaremos en la tierra donde crecían nuestras rosas para que el fruto de tu exquisita bondad pueda fertilizarnos a todas. Yo misma reventaré como fruta madura y dejaré que me liben los néctares, preparada para caer sobre el suelo y de nuevo comenzar el ciclo, los dones y las entregas. Fuera de mí, el verbo es sagrado.

Dios te salve María, para que en su acción, yo que soy tu sombra pueda aspirar a un poco de esa ambrosía.  Para que mis venas amarradas en tus venas, se oxigenen y no duelan. Que te salves y me ignores. Si el paraíso no está en ti, estoy perdida. Déjame vagar en tu dulce bucle de caricias sin manos. Tus manos sin piel. Tu piel sin tacto. Tu tacto sin deseo. Tu deseo sin aire. Tu aire expirado. Tus gloriosas caricias consumidas.

Tercer misterio. El nacimiento del niño. Este niño sin padre que ha nacido de un pensamiento. Esta mente que está llena de torturas, de recuerdos, de imposibles. Quiero acordarme de cuando no sabía nada, de cuando todo era futuro. Quiero recordar como se olvida. Para enterrar la vida. No se puede cometer mayor sacrilegio.

Le doy al botón de pausa, aún sabiendo que queda la mitad del rosario por recorrer. No era mi intención traerlo todo al presente. Pero ahora me queda claro que olvidar es imposible. Sólo puedo pretender un escondite en la cotidianidad si quiero seguir respirando. Abandonar se me ha dado siempre bien. Renuncio a la verdad y apago el ordenador.

En el móvil tengo tres llamadas perdidas que no he escuchado mientras rezaba. Un mensaje en el contestador. Ven a verme esta tarde. Tenemos que hablar. Su voz al otro lado suena urgente y afectada. Enciendo de nuevo el ordenador, reafirmada en mi propósito de olvido.

Juego nº3. La bibliotecaria maniática.

BSólo leo la letra B. Oscura y movida, difuminada sobre un fondo casi completamente ocre . Me cuesta respirar. (…)

10 minutos antes.

El sonido de unos dedos repiqueteando sobre madera me distrae de mi tarea… Un ligero siseo y silencio de nuevo. El mundo es ahora la pantalla del ordenador. Alertas para mañana. Devoluciones pendientes, cero volúmenes extraviados, La Ilíada, Homero, todos dentro. La rítmico percusión sobre las teclas.  Respiración profunda.

Una pierna cruzada sobre la otra, bajo mi escritorio pulcramente estudiado, donde nada sobresale, salvo el monitor que se alza triunfante y me sirve por demás de parapeto ante los usuarios demasiado atrevidos. Suspiro. Odio mortalmente el contacto físico, las respiraciones compartidas. Mi espacio sólo lo habito yo, mi territorio únicamente yo puedo tocarlo y no me interesa compartirlo.

12,45. La biblioteca vacía. Este maravilloso letargo, este espacio desolado, monacal, sólo para mí. Es hora de colocar los volúmenes en una hilera única, a centímetro y medio del borde de cada estante. Así que cojo un pequeño trozo de madera con estas dimensiones, reservado para la ocasión, y me dirijo decidida hacia la sección F3: fachadas, fantasma, felicidad, fin, física, fondos… Y mi dedo índice deslizando la madera y acariciando, como quien no quiere la cosa, los lomos desgastados, sedosos, de tantos años de trasiego.

El pulgar sirve de tope. Voy sintiendo en la yema todas las imperfecciones de la madera, los bordes romos y las hendiduras de roces indeseados. Una astilla. Duele. Rápidamente retiro la mano, asustada la alejo de los libros, pensando en sangre que brota y tiñe sin remedio. No parece haberse manchado nada pero es posible que con el espasmódico movimiento se haya proyectado alguna salpicadura hacia la estantería detrás de mí.

Me giro. Por encima de mi cabeza, en un estante elevado, puedo ver algo brillar. Una gota de sangre. Salto enloquecida sobre la madera con la idea de que el líquido puede manchar para siempre el papel, sin pensar en que mis rodillas han golpeado las filas inferiores, que esta estantería tiene fácilmente 200 años y que todo empieza a desmoronarse. De abajo a arriba, mis piernas patean los libros , mis manos arrasan, los dedos apenas se agarran cuando siento que empiezo a perder la vertical y, como una tabla sobre cemento, caigo de espaldas empujada por el inexorable peso de un universo de conocimiento. Toda la estantería y sus tesoros encima de mí.

(…)

Vuelvo en mí. Sólo leo la letra B. Oscura y movida, difuminada sobre un fondo casi completamente ocre . Me cuesta respirar.

No siento la pierna derecha, sin embargo la izquierda parece tener tres veces su tamaño normal. Siento el dolor multiplicado por tres también. Tengo los brazos cruzados sobre el cuerpo, presionando las costillas y puedo tocarme los muslos. Apenas siento el roce. Huele a tiempo de papel. La boca me sabe a sangre. La enorme B ante mis ojos tiembla, balbucea, se hunde en un bucle de alfabetos desconocidos. El peso de la letra se hace leve, floto bajo montones de papel gastado. Me embriaga una paz desordenada, un caos sólido de mil páginas que se resumen en una sola letra. Encojo los dedos y la astilla pincha un poquito más de carne. Me palpita el sexo y me lloran los ojos. Amor de carne y texto. Piel de libros y cubiertas de hueso. Exhalo en varios puntos y seguido.

Naranja

OLYMPUS DIGITAL CAMERADe la piel oculta, el envés, el naranja intenso. Estás pensando, totalmente cubierta de quimeras, añorando un traje de saliva que te prestaron y nunca vestiste. Sumergida en el aire denso de un suspiro. Ahogada en el momento mismo de exhalar tu nombre. No mirarás detrás de la promesa, no correrás las arenas movedizas, no dirás, no gritarás, no te permitirás siquiera tocar con la punta de la lengua las verdades que te aprietan.

Todo dentro es tan real. De la razón, un centro errático, los verdes agrisados, el verde vejiga, el cromo, esmeralda, verdes que agonizan. Se agarró la raíz tan fuerte que el agua salvaje sólo podría acariciarla. Pero el verde es también de hojas libres y caducas, de troncos sólidos y porosos, de oxígeno limpio y deshechos viciados. Del ancla de la esperanza. Vivirás en los espejos translúcidos, escondiendo las palabras e intenciones bajo la coraza de la compasión, procurando no hacer ruido ni hundir navajas en los blandos estómagos de los que amas por encima de todas las cosas. Serás mitad libre, mitad cautiva, y ese medio ser en la persona que fuiste irá trazando siluetas naranjas alrededor de cadáveres imposibles.

Juego nº2. Old time rock n’roll.

El mundo de Cristina (Andrew Wyeth)

El mundo de Cristina
(Andrew Wyeth)

Despertador. Mierda.

La pesada respiración, la humedad y el tacto suave de las sábanas en conflicto con la memoria, que está bailando con lo que he soñado esta noche. Ahí estabas tú, mirando pausadamente toda la escena y yo, como no, frenética y acelerada, saltando escenarios, arrastrando una palabra detrás de la otra, empujando a todos, actuando como primera bailarina de algún rincón de Europa del Este. Decadente yo en recuerdos virados en sepia.

El tiempo, cuando se sueña, fluctúa extraño y esta vez, a modo de página que pasa o fotograma que avanza, cruzo un umbral conocido y entro en un patio interior, pequeño pero soleado. No hay nada más que pueda recordar alrededor pero si a ti, sentado en una hamaca baja, mirando a un punto del horizonte en la pared que ya no es pared. Los muros son ahora extensas colinas del mundo de Cristina. Rememoro tu torso desnudo, el pelo rizado, las piernas contundentes sobre las que me siento y la lengua cálida que me asalta al besarte. El momento se degrada y desaparecen las imágenes en favor de las sensaciones. Liviandad, tersura y luego vacío.

El golpe contra el asfalto. Inspiración profunda. Alargo el brazo y apago la alarma que aún seguía sonando.

Santa Catalina y el olor a cedro.

En una de las pequeñas capillas del Duomo de Parma, de las orientadas hacia el norte, hay una talla en cedro de Santa Catalina que no tiene hornacina. Su policromía está ajada y nadie en la diócesis ha sido capaz de asegurar quién es su autor. La mayoría de esculturas catedralicias son de un impecable mármol blanco, de un seductor cobre pulido, de acabados sinuosos y, tan nuevas, que casi podría reflejarse en ellas.

La figura es anterior a los frescos que el maestro Allegri está pintando para la colección del duomo pero comparte una de las imágenes representadas, la de la santa. No es, sin embargo, la misma mujer. Ésta nos enfrenta envejecida, apoyando una mano trémula sobre una rueda de carro y con la mirada perdida hacia ningún lugar. Como paralizando el pensamiento en la madera, viviendo un espacio impuesto y oliendo eternamente a cedro.

Taddea se siente tan cercana a ella que ha creído, a veces, que podía llegar a convertirse en beata y detenerse. Pero le dura esta idea tanto como el perfume de la talla se escapa de sus sentidos. En la calle, abriéndose a la plaza de la catedral, le esperan otros olores muy diferentes.

Juego nº1. Tenedor, asesinato, jugar, onomástica, ironía.

Llevamos años discutiendo el día de tu onomástica, Aitor. Como desconocemos la historia de tu nombre vasco, y por añadidura no existe, que sepamos, ningún San Aitor, podemos decidir cuando se celebra tu día. Nunca has querido que, como con los demás nombres huérfanos de historia religiosa, festejemos el 1 de noviembre. Es día de nombres muertos, dices, es como hacer festivo el asesinato de Kennedy. No entendemos tu lógica y metáforas pero eres tan tajante que no hay nada más que hablar al respecto llegados a este punto de la conversación.

Una vez, alguien propuso que el 1 de enero podría ser una buena fecha, comienzo de muchas cosas, por enredarte en una tendencia positiva, vital, esperanzadora. Pero Manuel apretó tanto los dientes del tenedor contra el plato ante esta propuesta que rápidamente el tema fue olvidado por todos.

A veces la discusión se volvía tan tonta, intensa y laberíntica, buscando en calendarios, inventando rimas o nombres parecidos, jugando a eruditos y encontrando santos donde otros veían agujeros negros, que nos sentíamos ridículos. Y tú preguntabas entonces, ¿qué necesidad tenéis de darme una fiesta sólo por el nombre que me dieron mis padres al nacer? Añadías, siempre en ese momento, que la fortuna te podría haber metido en Juan, que Tomás te podría haber embaucado o Jorge haberte palmeado las nalgas en tu primer llanto. Nos reíamos todos de tus ironías y suspirábamos por no encontrar una solución perfecta.

La realidad es que, año tras año, siempre repetimos la conversación coincidiendo con las demás celebraciones: Ana, Marta, María, Manuel… y tú has quedado relegado al chiste y las argumentaciones sentidas pero huecas. Nos creíamos egoístas por esto pero tú, en secreto, has disfrutado cada año de un regalo especial pero invisible: ser protagonista de todas las demás celebraciones. El único y diferente, el que tiene un nombre capaz de apropiarse de todos los demás. Y de todos modos, siempre te llamamos papá.