En una de las pequeñas capillas del Duomo de Parma, de las orientadas hacia el norte, hay una talla en cedro de Santa Catalina que no tiene hornacina. Su policromía está ajada y nadie en la diócesis ha sido capaz de asegurar quién es su autor. La mayoría de esculturas catedralicias son de un impecable mármol blanco, de un seductor cobre pulido, de acabados sinuosos y, tan nuevas, que casi podría reflejarse en ellas.

La figura es anterior a los frescos que el maestro Allegri está pintando para la colección del duomo pero comparte una de las imágenes representadas, la de la santa. No es, sin embargo, la misma mujer. Ésta nos enfrenta envejecida, apoyando una mano trémula sobre una rueda de carro y con la mirada perdida hacia ningún lugar. Como paralizando el pensamiento en la madera, viviendo un espacio impuesto y oliendo eternamente a cedro.

Taddea se siente tan cercana a ella que ha creído, a veces, que podía llegar a convertirse en beata y detenerse. Pero le dura esta idea tanto como el perfume de la talla se escapa de sus sentidos. En la calle, abriéndose a la plaza de la catedral, le esperan otros olores muy diferentes.

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