BSólo leo la letra B. Oscura y movida, difuminada sobre un fondo casi completamente ocre . Me cuesta respirar. (…)

10 minutos antes.

El sonido de unos dedos repiqueteando sobre madera me distrae de mi tarea… Un ligero siseo y silencio de nuevo. El mundo es ahora la pantalla del ordenador. Alertas para mañana. Devoluciones pendientes, cero volúmenes extraviados, La Ilíada, Homero, todos dentro. La rítmico percusión sobre las teclas.  Respiración profunda.

Una pierna cruzada sobre la otra, bajo mi escritorio pulcramente estudiado, donde nada sobresale, salvo el monitor que se alza triunfante y me sirve por demás de parapeto ante los usuarios demasiado atrevidos. Suspiro. Odio mortalmente el contacto físico, las respiraciones compartidas. Mi espacio sólo lo habito yo, mi territorio únicamente yo puedo tocarlo y no me interesa compartirlo.

12,45. La biblioteca vacía. Este maravilloso letargo, este espacio desolado, monacal, sólo para mí. Es hora de colocar los volúmenes en una hilera única, a centímetro y medio del borde de cada estante. Así que cojo un pequeño trozo de madera con estas dimensiones, reservado para la ocasión, y me dirijo decidida hacia la sección F3: fachadas, fantasma, felicidad, fin, física, fondos… Y mi dedo índice deslizando la madera y acariciando, como quien no quiere la cosa, los lomos desgastados, sedosos, de tantos años de trasiego.

El pulgar sirve de tope. Voy sintiendo en la yema todas las imperfecciones de la madera, los bordes romos y las hendiduras de roces indeseados. Una astilla. Duele. Rápidamente retiro la mano, asustada la alejo de los libros, pensando en sangre que brota y tiñe sin remedio. No parece haberse manchado nada pero es posible que con el espasmódico movimiento se haya proyectado alguna salpicadura hacia la estantería detrás de mí.

Me giro. Por encima de mi cabeza, en un estante elevado, puedo ver algo brillar. Una gota de sangre. Salto enloquecida sobre la madera con la idea de que el líquido puede manchar para siempre el papel, sin pensar en que mis rodillas han golpeado las filas inferiores, que esta estantería tiene fácilmente 200 años y que todo empieza a desmoronarse. De abajo a arriba, mis piernas patean los libros , mis manos arrasan, los dedos apenas se agarran cuando siento que empiezo a perder la vertical y, como una tabla sobre cemento, caigo de espaldas empujada por el inexorable peso de un universo de conocimiento. Toda la estantería y sus tesoros encima de mí.

(…)

Vuelvo en mí. Sólo leo la letra B. Oscura y movida, difuminada sobre un fondo casi completamente ocre . Me cuesta respirar.

No siento la pierna derecha, sin embargo la izquierda parece tener tres veces su tamaño normal. Siento el dolor multiplicado por tres también. Tengo los brazos cruzados sobre el cuerpo, presionando las costillas y puedo tocarme los muslos. Apenas siento el roce. Huele a tiempo de papel. La boca me sabe a sangre. La enorme B ante mis ojos tiembla, balbucea, se hunde en un bucle de alfabetos desconocidos. El peso de la letra se hace leve, floto bajo montones de papel gastado. Me embriaga una paz desordenada, un caos sólido de mil páginas que se resumen en una sola letra. Encojo los dedos y la astilla pincha un poquito más de carne. Me palpita el sexo y me lloran los ojos. Amor de carne y texto. Piel de libros y cubiertas de hueso. Exhalo en varios puntos y seguido.

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