(Del lat. intentĭo, -ōnis).

  1. f. Determinación de la voluntad en orden a un fin.
  2. f. Designio de aplicar una oración, una misa u otro acto del culto en favor de una persona determinada o de la consecución de un bien espiritual o temporal.
  3. f. Instinto dañino que descubren algunos animales, a diferencia de lo que se observa generalmente en los de su especie. Caballo, toro de intención.
  4. f. Cautelosa advertencia con que alguien habla o procede.

No era mi intención. Cuando afuera la tormenta arreciaba y las calles inundadas de fangos y animales muertos reflejaban los áticos en el asfalto y yo quería vivir en el subsuelo de todo, y quizá parecía triste (tal vez ausente).

Por dentro me hervían los huesos, bullían las arterias disueltas en necedades, borboteaban las ideas en mi garganta sin ánimo de alzarse y eclosionar en mis labios.

No era mi intención. Cuando al llamarme por mi nombre, mis ojos no respondieran, yo no fuera quien tu voz reclamaba porque hacía segundos que vagaba, abandonada de todo sonido y entidad, ajena a cualquier estímulo intrascendente.

Por soñar las vanidades aprendidas, empujando fuerte los silencios contra los alaridos, recorría los caminos de la locura con tanta vehemencia que el rastro de sus pisadas dejaba ver el magma de la tierra.

No es mi intención sangrar por la herida. No quisiera soltar los estribos más de lo necesario, ni liberar los sentidos sin respuesta. ¿Para qué ver sin amaneceres tatuados en la pupila? ¿Para qué atardecer sin el sonido del viento entre las sienes?

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