“La voluptuosa mujer comenzó a susurrarle una serie de promesas lascivas, a las que Phelas, correspondió palpando sus nalgas bajo la tela: con firmeza, de forma acompasada, buscando progresivamente el interior de sus muslos.” F.Tamaral

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¿Qué quiere de él? Cada encuentro que Taddea ha tenido con varones en estos dos años había sido anteriormente coreografiado, mentalmente planeado tras horas de lecturas, estudios y conversaciones con algunas nobles en la seguridad de sus alcobas privadas. Cuando piensa en él se le olvidan las frases de cortesía, se le turba el pensamiento entero y el vientre se contrae de repente presionando la zona interior de sus genitales.

Pero esto es un asalto, un motín a lo aprendido, un arrebato de ganas que no puede, ni desea, bajo ningún concepto, reprimir.

La estancia, sumida en la oscuridad, no presenta ningún obstáculo entre la puerta y el lecho. Tras unos segundos tanteando el aire, denso y cálido, orientándose en el silencio, empieza a ver negras sombras recortadas sobre un fondo menos sombrío.

Aprecia ahora el perfil del gran dosel que cubre la cama en el centro de la sala. En la yema de los dedos puede notarse la agradable sensación del terciopelo que, a modo de telón, esconde la luz de lo que espera dentro. Aparta suavemente una de las grandes telas, pesada pero delicada. Él está dormido. Su respiración pausada y cadenciosa acelera el pulso de Taddea, que contrariada por esta sensación insólita, tiene que agarrarse fuertemente a la tela. Para no caerse y que su cuerpo no se estampe contra el suelo, porque ella (sus tripas, su corazón, su razón entera) ya ha caído.

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