La fruta podrida

No deberíamos conocer más de lo que podemos ver. El resto es igual a lo que proyectamos desde nuestro interior y, en casi todas las ocasiones, apesta.

“Algo en el ambiente de la sala la está distrayendo fuertemente de sus labores. Una puntada, dos, tres, pierde la cuenta y el tino. Todas las cosas parecen estar en el lugar que les otorgan el hábito y el orden establecidos. Pero la escena no es la correcta y Taddea puede apreciarlo desde su forzado ensimismamiento.   

Unas diminutas gotas de sudor brotan en su cuello. Algo propio de estas fechas cercanas al mes de junio. En los pasillos se comenta que este verano será especialmente seco, usando cábalas y adivinaciones que ella nunca llega a entender del todo, pero ciertamente empieza a hacer calor y aún no se han sacado de los baúles los frescos vestidos de seda y las enaguas de lino. 

Una puntada, dos, tres… El bordado no está quedando bien y Taddea cavila si deshacer las últimas hiladas o dejarlo para otro día. Piensa que no entiende el motivo por el que las damas como ella deben llevar estas vestiduras formales incluso para bordar en sus habitaciones privadas y, en ese mismo momento, la mano sola desciende para acariciar el tejido aterciopelado. Es un acabado exquisito, hermoso, desearía llevarlo hasta en el lecho.

Taddea deja a un lado su bastidor, con las agujas sobre la tela, y se incorpora extendiendo hacia abajo su falda. Camina hacia el ventanal que tiene enfrente, al otro lado de la sala. El motivo de sus distracciones vespertinas se hace ahora fuertemente notorio: algo desprende mal olor.

Se acerca a la ventana, pero está cerrada. Olisquea alrededor del marco, por si está carcomido y empieza a heder, pero sólo aprecia leves notas de los aceites que recubren la madera. En uno de los laterales de la estancia hay una humilde chimenea que lleva un par de meses sin encenderse. Temerosa de encontrar un ratón o ave muertos en su interior pero empujada por la curiosidad, atiza el montón de cenizas en su interior, pero sólo se levanta algo del residuo gris, esparciendo por un momento un ligero olor a quemado.

 En el centro de la sala, en la mesa donde desayuna los días calurosos, hay un cesto de frutas frescas. Pomelos y naranjas con las que el Duque trata de agasajarla cada vez que aparece a visitarles. Ella aprecia el gesto pero los cítricos no terminan de despertar su espíritu goloso y pasan días sin que pruebe de ellos bocado alguno. Se ven espléndidos, tersos, anaranjados, brillantes.

Ausente de este instante pero navegando en el recuerdo del Duque, Taddea mete las dos manos entre los frutos, sintiendo el tacto rugoso y firme en la piel de los dedos… Las yemas se hunden en una masa pegajosa y sus sentidos colapsan y se funden en esta única desagradable sensación. Al apartar las manos del cesto, ve elevarse en el aire un polvo verde, sus dedos pringosos huelen a una putrefacción ácida insoportable. Piensa en miles de larvas y gusanos de cabeza negra y cuerpo viscoso retorciéndose. El estómago se le contrae, apretando hacia arriba y siente la bilis quemándole la garganta. Al girarse en busca del orinal, tropieza con el bajo de sus propios faldones y cae hacia adelante torpemente. Logra colocar las manos sobre el asiento de su sillón y, al hincar las rodillas en el suelo, proyecta el vómito que la asalta sobre bastidor, hilos de seda y agujas, salpicando el noble tapizado.

Exhausta por el esfuerzo de la arcada y dolorida por el golpe, sólo puede pensar que antes sólo olía a fruta podrida.”

 

 

El aire de Parma

Empezamos a entender el mundo en el momento en que, sin pretenderlo, incluso cavilando otros asuntos, podemos llegar al destino deseado sin guiar nuestros pasos.

“-Taddea means Praising God, courageous. A feminine form of Thaddeus.-

Esperaba, como siempre, sentada en el reclinatorio de la capilla familiar, con los faldones hacia un lado, cubriéndoles las piernas. Sobre sus muslos un pequeño libro de oración, entre cuyas hojas asomaban pequeños pliegos con poemas manuscritos. Eran simples reflexiones sobre el amor, la luz, los secretos y el aire de Parma. Nunca se hubiera atrevido a enseñarle a nadie esos legajos de su pensamiento, pero no deseaba deshacerse de ellos.

Así pasaba las últimas horas de la tarde, cada día, esperando que la cálida luz florentina que entraba en la sala, rota en varios trozos por la celosía, se fundiera con la noche ajena y la obligara a abandonar la estancia.

De pronto un verso la distrae. -Vita, dulcedo, et spes nostra, salve.- Cómo echaba de menos el aire de Parma y su regusto a trigo y vino.”

 

A empujones

Siempre he funcionado así.

A algunos las musas no nos visitan descaradamente, tenemos que agarrarlas de los pelos y forzarlas a bailar con nosotros, sin galanterías ni seducciones que valgan.

No soy constante, ni paciente. Pero sí ordenada en el trabajo, vanidosa y exhibicionista. ¿Miedo a las malas críticas? Puede, pero la consecuencia de mostrar lo de dentro es que tienes que dejar la puerta abierta a todo lo que te quieran comentar. Y espero que, para bien o para mal, alguien comente.

Alguien que me obligue a empujones.

Todos queremos vivir en un cuento sin coger la varita mágica, llevar la cesta de manzanas, enfundarnos la espada o los zapatos de cristal. Lo que buscamos es que aparezca el hada madrina y nos envuelva de mágicos polvos para que todo sea perfecto y se cumplan nuestros deseos.

Es inútil. Todos, las más cándidas princesas o los caballeros más valerosos, debemos pringarnos de barro hasta los codos para escribir el cuento que queremos. La magia hay que sudarla, parirla y darle forma a base de coraje y esfuerzo.

Las cosas que merecen la pena, lo que más se ama, en esta vida-cuento, toca lucharlo (a veces, sufrirlo). Pues allá vamos (como cada día):

Érase una vez…

… y pasó.

Echo de menos cuando había brazos que podían rodearme entera. Cuando los besos curaban las heridas en las rodillas, y no podía dormirme sin un beso de buenas noches.

Echo de menos jugar al látigo, el tocate, el elástico o “churropicoterna”… Cuando corríamos desde la fuente del patio del cole con los cachetes llenos de agua hasta un rincón cualquiera para hacer figuritas de barro… Echo de menos repartir el bocadillo o las galletas con media clase y seguir corriendo hasta la tarde sin desfallecer.

Echo de menos ir agarrada del brazo de mis amigas como si formáramos una cadena indestructible.

Tener tantos amigos que no cabían en un estadio de fútbol. Tantos sueños que apenas tenía tiempo para soñarlos todos. Hambre para comerme el mundo y estómago para digerirlo.

Echo de menos una vida que aún no ha llegado. Tiene que ser que al echarte de menos día tras día no hago más que recordar las muchas cosas que a veces echo de menos.

Ya tengo una edad…

Para empezar, decir que odio esa frase y todos sus derivados: “con la edad que tengo ya…”, ” ya con mi edad…”, “con esta edad…”, “en mis tiempos…” El motivo es que a todo lo anterior le sucede, comunmente, una coletilla negativa del estilo de nopuedo, nodebo, nosécomo.

Pero la dura realidad es que, en ocasiones, he necesitado utilizar esa expresión. Caca.

Y hoy empieza así: ya tengo una edad en la que salir de marcha el findesemana supone organizar un evento. Esta es la lista de motivos principales:

  • las parejas de amigos se apalancan en el sofalito (son sus excusas frío y amor) y no se apuntan a ningún plan que tenga que ver con relacionarse con más gente
  • las parejas de amigos se han casado/”concubinado” y se han ido a vivir fuera
  • las parejas de amigo tienen hijos = la noche ya no existe
  • los amigos y amigas solteros trabajan en FIN DE SEMANA
  • los amigos y amigas solteros no trabajan y no quieren salir sin pelas
  • los amigos y amigas solteros tienen tanta vida social que tienes que pedir audiencia para verlos
  • los amigos y amigas más jóvenes están estudiando

Así que cuando una amiga te llama con el único propósito de pasarlo bien, salir a cenar a cualquier inmudo restaurante chino y tomaros unas copas rodeadas de pijos y muchachas ligeritas de ropa… te suena a que has muerto y acabas de atravesar gloriosa las puertas del paraíso.

Esto con 16 no me pasaba. Ay, y todavía no he llegado a los treinta.

¡Feliz finde a todos!

La cara oculta.

Ayer por la tarde, tras recoger la cocina y decidir que no quería hacer nada más, me pusé a buscar una peliculita en Internet. Afortunadamente, tengo cuenta en un pequeño reducto online (un alumno me mandó la invitación) que aún sobrevive a la censura “megauplodiana” que actualmente estriñe el ocio del que veníamos disfrutando (series.ly se llama).

La verdad es que fui directa al grano, pues hace meses que busco una peli que mi amiga Eva, con muy buen criterio por cierto, me recomendó: La cara oculta. Es una co-producción Colombia-España-USA del año pasado, grabada con muy buen gusto estético (a mi entender) y, sobre todo, entretenida (que con los tiempos fílmicos que corren ya es mucho).

Me la juego y la recomiendo, un poquito de suspense, aunque poco y un poquito de asfixia, que no viene mal para abrir estómago al fin de semana… (Podría dejar el enlace, pero mi ignorancia supina teme denuncias, escuchas, seguimiento, detención, argh).